¿Hay alguien ahí?

Una buena parte de la sociedad ferrolana se pregunta, transcurrido ya tiempo sobrado del actual mandato, qué es lo que trasciende de la acción de gobierno salvo los consabidos anuncios o, en el mejor de los casos, pretensiones que, finalmente, no se cumplen.

Una buena parte de la sociedad ferrolana se pregunta, transcurrido ya tiempo sobrado del actual mandato, qué es lo que trasciende de la acción de gobierno salvo los consabidos anuncios o, en el mejor de los casos, pretensiones que, finalmente, no se cumplen. Dada la escasa evolución que presenta la política local, no es extraño que nos cuestionemos si realmente hay alguien en la Casa Consistorial o, cuando menos, se le espera, o si se puede esperar algo de los responsables de turno. Se constata así sobremanera cierta sensación de continuismo, tal vez no en cuanto a los derroteros de la acción política propiamente dichos pero sí en relación con la escasa funcionalidad y operatividad de un gobierno imbuido en exceso de gestos que, como se ha demostrado ya en más de una ocasión, a nada conducen. 
La impresión social roza el marchamo de la esterilidad en debates que siempre serían más oportunos en el caso de que la acción de gobierno hubiese realmente trascendido de cara a la evolución de la ciudad y de la superación de sus principales problemas que en los momentos de arranque de una nueva corporación y de un nuevo ejecutivo municipal. Debates que, como se sabe, son más propios de una campaña electoral, que da la sensación de que todavía sigue su curso en el seno del bipartito local, que de una siempre ¿inconformita? ciudad con décadas de atraso en aspectos de sobra conocidos y, a la vez, tan recurrentes como irresolutos. 
Difícil es, en todo caso, transmitir el más mínimo mensaje de eficiencia en la gestión cuando cuestiones de índole administrativa tan perentorias como los presupuestos municipales se difuminan en el tiempo. Prevalece, por el contrario, una dinámica de visitas, recorridos, muestras de solidaridad y propuestas rupturistas que, en muchos casos, ofrecían los principales argumentos políticos en los que se basó el cambio, no solo en el plano local sino, como se ha visto en las Generales de diciembre, en cuanto al consabido sistema del que vivimos. De las pretensiones a la consecución de lo práctico hay siempre un abismo. En ocasiones se supera; en otras ya era sabido, incluso por parte de los proponentes, que las ideas pertenecían más al ámbito de la utopía que de lo pragmático.
Es cierto que la sociedad local ferrolana estaba necesitada de cambios, pero tal vez estos entraban más en la obligada regeneración de lo práctico que en la simple y vana aspiración de romper con todo lo precedente. Se ha demostrado que ni es, ni puede ser así. No al menos por el momento. No es el busto del Rey emérito –por poner un solo ejemplo– lo que preocupa a la ciudad, como tampoco la peatonalización total del centro histórico puede aspirar a regenerar la actividad comercial, hostelera o, simplemente, social. En una ciudad solitaria como pocas a partir de las primeras horas de la oscuridad –que no de la noche–, romper tal dinámica para retornar a tiempos en que se daba todo lo contrario, lo que se demanda es confianza y lo que se sigue echando en falta es la escasa credibilidad política. Romper los numerosos moldes –porque no es solo uno el que lamentablemente no existe– requiere un compromiso que supere las simples ideas, los meros conceptos de la gesticulación y la soflama, tan criticada precisamente por quienes ahora los sustentan. Si nos preguntamos si hay alguien ahí, donde debería estar, entonces no hay respuesta.