• Miércoles, 21 de Febrero de 2018

No me creo nada

Más que en los tiempos de la información, parece que vivimos en los tiempos de la confusión. Nunca tuvimos a nuestro alcance tantas vías para estar informados, desde los medios tradicionales hasta internet y las redes sociales parecería que tenemos herramientas para crearnos una opinión cimentada en el conocimiento de los hechos.
No es verdad. Es cierto que la información circula con rapidez por mil circuitos distintos, pero es verdad también que la calidad de la información se ha deteriorado hasta tal punto, que ya no nos creemos nada. Cualquiera puede colgar cualquier cosa y hacerla circular, ya sea una gran verdad o el mayor infundio imaginable, da igual, una vez colgado circula a la velocidad de la luz por todo el mundo. Además, en tiempos electorales, reaparecen como el Ave Fénix esas encuestas que pretenden influir en el electorado y que, en la mayoría de las ocasiones, no refleja la realidad del pensamiento del cuerpo electoral.
Muchas encuestas se hacen a medida y, en función de quien las encargue, marcan una tendencia o la contraria y en los dos casos los “expertos” que las firman justifican “científicamente” los resultados que presentan. Bien es verdad que después de las elecciones ninguno de ellos da la cara, se limitan a cobrar por el traje hecho a medida para su cliente y punto.
No existe una responsabilidad social de la demoscopia que debiera ser exigible en cualquier código deontológico. En este caso, como en muchos otros, mentir es gratis. Viene esto al caso, porque me parece imposible que Cataluña vaya a reeditar un gobierno multipartito como el que la está llevando a la ruina de la mano del “proces” separatista y, sin embargo, las encuestas publicadas apuntan en esa dirección. Es más, todas reflejan que los catalanes pasarán de estar en manos de la CUP a estar en manos de Podemos, por esa aritmética política que, por una ley electoral muy mejorable, deja en manos de minorías la conformación de mayorías parlamentarias que den una pretendida estabilidad a los gobiernos.
Y esto vuelve a ser mentira, porque los minoritarios utilizan esa posición de “llave” para chantajear a sus socios de gobierno, vamos, lo mismo que hicieron Convergencia y Pnv durante muchos años en Madrid, pero a nivel regional. Esto será así hasta que una ley marque el nivel del cinco por ciento a nivel nacional para obtener representación. Sin esta novedad, de la que no quieren oír hablar los nacionalistas, las cosas no cambiarán nunca, salvo mayorías absolutas que no se atisban en el horizonte.
Y, así las cosas, dentro de unos días podremos ver en Cataluña una reproducción casi exacta de la situación que está asfixiando la economía catalana y lastrando la española. Es más, ya se escuchan voces que dicen que es previsible un nuevo 155 tras el 21D porque si los separatistas logran hacer gobierno de nuevo, repetirán sus mantras golpistas y el Estado tendrá que intervenir otra vez.
No me lo quiero creer y espero que esa Cataluña abierta y cosmopolita, culta y moderna, se de un gobierno constitucionalista que reconstruya los puentes volados y dedique todos sus esfuerzos al progreso en paz y a la convivencia con todos los españoles. Los separatistas han mentido, han roto Cataluña en dos partes, han expulsado a más de 3000 empresas y se han destacado en paro y corrupción. Por ello no me puedo creer que los catalanes quieran más de lo mismo y premien con su voto a los artífices de este desastre. Cataluña tiene futuro, pero lo tiene si mantiene lejos a los que, envueltos en esteladas, trabajan por acabar con ella.