• Jueves, 23 de Noviembre de 2017

Un escote bonito

Está claro que nadie está a salvo de meter la pata, incluso el mundo académico. Mi querida Université Libre de Bruxelles, donde estudié hace ya muchos años ha cometido el grave error de enviar un correo electrónico a los alumnos que se gradúan en medicina con indicaciones sobre la vestimenta para el acto de graduación: “Desde un punto de vista estético, es preferible que las mujeres lleven un vestido o una falda y un escote bonito. Los hombres, un traje”. Ya se pueden imaginar ustedes las reacciones. Si esto lo hubiese hecho la Universidad de Louvain hubiese sido un escándalo. Pero que lo haga la ULB, universidad que nació al amparo del libre pensamiento, con la libertad y la igualdad como baluartes es inaceptable.
Y lo digo porque en mis tiempos nadie se extrañaba de que las chicas fueran a los exámenes orales con pronunciados escotes y cortos vestidos, pensando que sus atractivos podrían compensar la falta de estudio. En esa época nadie decía que esa era una práctica machista. Formaba parte de un estado de cosas que estaba incrustado en nuestra vida y que casi nadie discutía y mucho menos denunciaba.  Pero hoy las críticas al rectorado han sido demoledoras. Tanto que el propio rector ha tenido que emitir un comunicado pidiendo disculpas: “Ese mensaje va en contra de todo el trabajo realizado por la universidad en política de género”.
La torpeza de la Université Libre de Bruxelles es producto de una falta de sensibilidad y toma de conciencia de que las mujeres además de pechos y piernas tienen cerebro, lo usan y, además, con excelentes resultados en las universidades del mundo entero.  
De hecho hace pocos días fui testigo de esta falta de sensibilidad por la igualdad. Estaba en una reunión de directivos y, cómo no, las  mujeres éramos tres entre unos 15 caballeros. En un momento del encuentro las tres quedamos un tanto apartadas del resto del grupo y uno de los señores comentó que las mujeres estábamos “un poco marginadas”, a lo que un joven directivo agregó dirigiéndose a nosotras: “bueno, a eso ya estáis acostumbradas ¿no?”. Pues no, qué quiere que le diga, yo no me acostumbro a quedarme en una esquina esperando a que alguien me ceda la palabra, no me acostumbro a tener que chillar para que se me escuche, no me acostumbro a que estemos siempre en minoría cuando no ausentes. No, felizmente no me acostumbro. Y espero que usted tampoco.