Estamos sobrevolando las cimas más altas del consumismo y es difícil resistirse a la embestida publicitaria que, además, dejará nuestros bolsillos temblando. Advierto que no soy una anti-consumista. El consumo es la gasolina de nuestra economía y aunque tiene efectos perversos y descontrolados es el síntoma de una economía en expansión, por tanto bienvenido sea. La apuesta navideña es la más fuerte del año, el 75% de las ventas en el comercio se realizan en estas fechas. 
Y para ello se ponen en marcha todas las técnicas publicitarias, y aunque los métodos y las nuevas plataformas evolucionan a pasos agigantados, las imágenes que los publicistas utilizan para engancharnos siguen siendo más o menos las mismas. Para ellas, los aromas que nos convertirán en auténticas bombas sexuales irresistibles. Para ellos, las colonias que les transmutan en más musculados, más fuertes, más seguros y autoritarios… O sea, más machotes. La publicidad es un arma de convencimiento masivo, no hay más que ver el resultado del 20-D. Los gurús publicitarios son capaces de hacernos comprar la camisa a cuadros más horrorosa e imponernos que las coletas están de moda, aunque de novedad no tengan ni un ápice (a mi me recuerdan mi infancia “woodstok”).
Pero volviendo a lo nuestro. Tal vez lo más ejemplar sea el catálogo de juguetes de las grandes superficies. No crean ustedes que estos auténticos libros no están pensados al milímetro. En la sección para ellas, los carritos de paseo, los bebés que lloran y hacen popó. Y su ejército de complementos: bañeritas, biberones, cunitas, etc. ¿Y no decían que nuestro problema era la escasa natalidad? Para ellos, las pistolas arrasan junto a los tópicos de ladrones, policías y bomberos. La versión yihadista aún no ha llegado al mercado, pero todo se andará. 
Los pilares fundamentales sobre los cuales se ha construido la desigualdad son estos estereotipos que es preciso remover. Son ellos los que están en el origen de la elección que hacemos en la compra de los regalos de nuestros hijos. En buena parte son ellos también los que luego determinan sus carreras. Los que permiten que los salarios sean diferenciados según el sexo. Los que hacen posible que las mujeres sean las que sacrifiquen sus vidas profesionales para dedicarse al cuidado de los hijos….
Pues este año me pido que no me vendan más lo que no quiero ser y lo que no quiero que sean mis hijas. Me pido independencia económica, me pido que no me pregunten si tengo hijos cuando voy a una entrevista de trabajo, me pido que me paguen igual que a ellos, que cuando quiera ser jefa no me traten de trepa o que cuando decida divorciarme no me corten el pescuezo. Me pido, en resumen, lo obvio, lo elemental, lo justo: el respeto.
(*) Carla Reyes Uschinsky es presidenta de
Executivas de Galicia.