La peli porno

Hace unos días se publicó en un diario gallego una columna cuyo titular hacía referencia a si en el caso de la “manada” estábamos ante una violación o ante un acto pornográfico.

Hace unos días se publicó en un diario gallego una columna cuyo titular hacía referencia a si en el caso de la “manada” estábamos ante una violación o ante un acto pornográfico.
Probablemente haya algunos hombres y mujeres que consideren que no gritar es la prueba de que la chica consintió que los miembros de la manada mantuviesen relaciones sexuales con ella.  Se pregunta el autor si los gemidos eran de placer o de desagrado, si los ojos los cierra por miedo o por vergüenza… En fin, dudo que el autor posea una app que le permita medir con fiabilidad hasta dónde un gemido es de placer o de dolor, cómo se cierran los ojos en un sentido o en otro, etc.
Insinúa que la culpa es de los sanfermines: “esta fiesta desencadena una catársis dionisiaca colectiva que te impele a hacer lo que no habías hecho nunca”. O sea, como si estuviésemos en un aquelarre regional en el que a todos se nos va la cabeza... 
Su “teoría” explicaría lo sucedido así: la chica de 18 años sucumbió a la “catarsis dionisiaca” de los Sanfermines. Este clima de éxtasis provocó que afloraran en ella los instintos sexuales más reprimidos. De manera que se insinúa para animarlos a entrar con ella en un portal y “dejarse hacer”.  Sólo después, su educación represiva y el hecho de que “a los 18 años aún no la conocemos (la sexualidad), la estamos descubriendo y a veces nos horroriza lo que descubrimos” hace que la chica se arrepienta y decida denunciar una violación.
Así visto (y excluyendo el desenlace) estaríamos ante el guión de una peli porno de consumo masculino, donde subyace la idea de una mujer sometida que, además, goza con ese sometimiento... O sea, justo lo contrario de lo que se plantearía en un guión del género escrito por una o varias señoras.
Volviendo al caso de la “manada”, se le va la mano al autor al decir: “lo que se está juzgando es la sexualidad humana”. Al atribuir a los jueces del caso el trabajo de dirimir sobre la sexualidad y no sobre hechos concretos (en realidad la función de los jueces), se extralimita. 
Y en ese querer que los jueces no juzguen hechos sino conceptos o comportamientos (como la sexualidad), no es extraño que vaticine el propio fracaso de la Justicia cuando dice “que la lógica jurídica codificada y el razonamiento psicoanalítico se muestran insuficientes para dilucidar la controversia. Se hace necesario, en consecuencia, buscar auxilio en la antropología sexual y en la filosofía antropológica.” El colmo. 
Si la Justica se dedicase hoy a juzgar los comportamientos humanos en su concepción filosófica estaríamos volviendo al medioevo. Exactamente en la dirección contraria a la que debemos ir. De lo contrario estaríamos cayendo en la trampa argumental de un machismo quizá más sutil pero con la misma esencia. Y aún más peligroso.