Llevo años dedicando buena parte de mi tiempo a la sempiterna

Llevo años dedicando buena parte de mi tiempo a la sempiterna tarea de la igualdad entre sexos. Aún a día de hoy me sorprende que existan mujeres, buena parte de ellas directivas de altas empresas, que repudien la política de cuotas. Es más, no sólo la reprueban sino que incluso consideran que perjudica al sexo femenino.
Puedo entender que no siente bien a nuestro orgullo profesional que nos asignen un cargo o responsabilidad para cumplir con una cuota. Estoy segura de que me ha tocado estar en algunas mesas o proyectos representando ese papel, pero francamente siempre he creído que ese es un mal menor.
Estos días dos noticias han llamado mi atención sobre este asunto. La primera es que la presidenta de Eulen, María José Álvarez, afirmó al recibir el Premio al Mejor líder Empresarial del Año en Nueva York, que las cuotas femeninas “nos han perjudicado y nos están haciendo daño”. La empresaria calificó las políticas de discriminación positiva de “sobreprotección” y dijo que éstas no ayudan a las mujeres.
La segunda noticia también viene del mundo económico, concretamente de la Comisión Nacional del Mercado de Valores. Su presidente, Sebastián Albella, afirma que “estamos estancados” en cuanto al avance en materia de representación femenina en los consejos de administración de las empresas cotizadas en el Ibex.
El objetivo era llegar a un 30% de mujeres en esos consejos para el 2020 y La verdad es que este año se repite el dato del año pasado: el 19%. La noticia es mala, pero es que además Albella afirma que sólo el 4% de esas consejeras tiene funciones ejecutivas, es decir, manda. Pues de mal en peor.
En las empresas privadas la política de cuotas no se aplica. La Ley de Igualdad en vigor desde el año 2007 sólo “recomienda” a las empresas que incorporen mujeres a sus consejos, pero en ningún caso les obliga, como sí hacen otros países en Europa.
Las cuotas no sólo son necesarias, son imprescindibles. Porque con ellas se rompe la inercia de los procesos de selección que priorizan al directivo masculino. La selección de personal no es neutral, de hecho, el currículum ciego se extiende como fórmula equitativa en la contratación.
El principal argumento de los detractores de las cuotas es que el criterio de selección nunca debe ser el sexo, sino los méritos. Pero es que la respuesta está en las aulas de nuestras universidades: las mujeres ya tienen el mérito más que suficiente: la media en los resultados académicos, que son mejores que los de los varones.
La meritocracia hace ya mucho tiempo que dejó de ser una excepción en las mujeres. Son millones las que están igual o más capacitadas que ellos, pero a muy pocas se les abren las puertas para sentarse en el sillón que les corresponde. Habrá, pues, que forzar esos candados ¿no?