Por el polbo das rías

CUANDO en este país no hacían más que aflorar casos de corrupción se empezó a corear por todas partes aquello de que no había pan para tanto chorizo. Ahora el grito de guerra debería ser que no hay pulpo para tanta pulpeira. Porque resulta que uno pide una ración, le plantifican delante el plato de madera con el producto perfectamente aliñado con su aceite y su pimentón, le hinca el diente, lo saborea y de Galicia calidade, nada de nada. A lo mejor tiene suerte y le toca un pulpiño da terra, pero cada vez va siendo más difícil que eso ocurra. Hasta de 245 países se importa para cubrir la demanda, así que a uno le puede corresponder un cefalópodo con acento portugués –aún menos mal, sobre todo si es del norte–, mexicano, senegalés, marroquí, mauritano... Y, claro, no es lo mismo. Igual que se promocionó la producción del porco celta –que no es un grito de guerra de los Riazor Blues, sino una raza autóctona de cerdo–, habría que impulsar la del polbo das rías. Molaría que se pudiese hacer.