El universo insondable de Iván Tovar

Iván Tovar ha llegado de sus tropicales tierras de San Francisco de Macorís (República Dominicana), donde nació en el año 1942, a Santiago, donde reside desde hace un año y donde presentará en la Fundación Granell su singular Alfabeto y en la galería Luisa Pita sus “Geometrías de lo insondable”. Llega quizá necesariamente llevado por las peregrinaciones de un eterno retorno, que es también un eterno girar en el drama de la vida, del que habla ampliamente toda su obra, o quizá llega llevado por una raíz profunda cuyos tentáculos están bajo las aguas del Atlántico ¡Quién sabe!
De todos modos, un procurador Tovar, experto en  genealogía, nos ha dicho que todos los Tovar proceden de Lorenzana. Se explicarían así sus afinidades con Granell, con el que trabó amistad en Santo Domingo, pero sobre todo el telurismo que se presiente en su obra, la metafísica del viaje imparable hacia el más allá y el desbordamiento barroco de sus figuraciones, aunque este sea también patrimonio de los pueblos del Caribe.
Incluido entre los artistas del surrealismo, desde su estancia en París en la década del 60, decía él a la prensa recientemente que “el surrealismo es tomar la vida como un vuelo de ave”. No hay forma más hermosa ni más poética de decirlo que con esa musical aliteración: vida/vuelo/ ave, que expresa mejor que todas las reflexiones de sus críticos el ansia de transformación y de metamorfosis que manifiestan sus figuraciones.
Iván Tovar crea formas ambiguas que se fundamentan en la ley universal de la analogía y se articulan en formas abiertas y proteicas. Crea así un universo personal que, aunque teniendo su base en las criaturas de la naturaleza, bebe de los arcanos y enigmas de lo indescifrable y de la necesidad interior de entenderlo. Así que dar voz a ese mundo suyo sólo puede hacerse por medio de metáforas o, mejor aún, por medio de imágenes visionarias.
Visionaria es toda su obra que, aunque construida conforme a estrictas reglas plásticas, se configura de encuentros extraños y aparentemente fortuitos, así como de abrazos, enlaces y fusiones de lo dispar. Ahí se reúnen la piedra y el astro, el ala y la cola, la sierpe y el pájaro, el seno y la llama, el hombre y el daimon, la planta y la fiera...  Todo un repertorio de nuevos seres emergen de la insondable noche o si se quiere de lo que ahora los astrofísicos llaman materia oscura y lo hacen como en ansia de alborear un nuevo reino, uno que trascienda lo mineral, lo vegetal y lo animal  para anunciar la epifanía del milagro, esa convergencia poderosa y cósmica de la totalidad, siempre genesíaca, siempre cambiante, como anunciaba  un cuadro suyo de 1991, titulado: “Los misteriosos poderíos de dos mundos sobrenaturales”.
Cinética del deseo, anhelo de fusión, ansia a la vez de arraigo y de viaje están presentes y así lo dice él en estos versos: “Puedo ir más lejos que mis pasos. Corrí y permanecí.”