• Viernes, 24 de Noviembre de 2017

Óscar Cabana, en la galería Atlántica

el Gobierno decidió el viernes dar un paso fundamental

c cuya temática era la arquitectura, Óscar Caabana (A Coruña, 1980) nos ha traído a “Ejercicios cotidianos”, exposición, en la que, tienen el protagonismo los objetos que usamos a diario. El espacio abierto se trocó en espacio íntimo, el horizonte devino pared o muro, las humedades de la intemperie se trocaron en trasparencias líquidas y lo que permaneció fue el gris de los días, el corazón salpicando de impulsos rojos sus latidos y la móvil luz proyectando oscuras sombras.
Un salto desde el paisaje urbano, prometedor de lejanías, al paisaje interior o mejor aún, al diálogo ccon las cosas que nos rodean y que son las que llevan nuestros más repetidos gestos, nuestro tacto, nuestras ceremonias del día a día; no es nuestro intelecto el que habla, es la eminencia del gesto, la imposición anónima y persistente de lo inevitable, también la declaración de agradecimiento por esos útiles tan humildes de los que dependemos : una percha, una cafetera, un vaso, un martillo, un pincel, un cepillo de dientes, una espumadera, un cazo, un cuchillo de cocina, una jarra, un lápiz, un enchufe, unos tenedores... y así etcetera (valga el latinajo), es decir interminablemente.
Docenas y docenas de artilugios que hacen nuestra vida más amable, que son merecedores de los versos de las Odas elementales de Pablo Neruda y a los que Cabana humaniza, o eso nos parece percibir; pues las acuosas manchas que utiliza, los goteados, los escurridos, las salpicaduras traen ecos de huellas, marcas de impulsos de la mano, restos de suciedades del trabajo. Parece predicar que no puede haber nada de impoluto en el quehacer humano, que nuestro discurrir está marcado por la entropía y la destrucción; por cierto que el tiempo es también protagonista de esta obra, se siente en las móviles sombras que maculan la blancura de la luz que se proyecta sobre los objetos, en el chorreo de tinta negra que se desliza por unos azulejos, en los platos apilados sobre una mesa que son testigos de la comida que ya pasó.
Pues los objetos hablan: habla el lavabo que tiene restos de enjuague; habla el metro que ha quedado semi-abierto; habla el pincel que gotea pintura; habla el rodillo que ha dejado un rastro de manchas en el suelo; hablan las líquidas y pasajeras sombras que recogen la grisalla de los días y dejan en su pasar el emborronado trazo de la mano que ha dibujado, que ha utilizado las herramientas y que se ha emocionado, De esta emoción hablan las plantas y las flores con las que abre un nuevo capítulo en su poética de los cordiales ritmos que constituyen sus “ejercicios cotidianos”.