Las mutaciones polifónicas de Pablo Genovés

El Museo de Arte Contemporáneo ( MAC) ofrece la muestra “Las mutaciones polifónicas” de Pablo Genovés (Madrid, 1959), en la que, sirviéndose del collage de antiguas postales de fines del XIX y principios del XX que representan espacios nobles y de fotografías de lugares devastados por el agua, compone una impresionante visión apocalíptica de la ruina y la destrucción; asimismo da fe de la eterna oposición entre las fuerzas salvajes e indómitas de la naturaleza y la no menos titánica lucha humana por hacerla habitable y aun por erigir sobre ella monumentales y hermosas construcciones que desafíen el paso del tiempo.
Pero ya sabemos, de antemano, quién es la vencedora; también sabemos que, pese a ello, una terrible belleza, una belleza como la que muestran las fotos de P. Genovés,  acompaña siempre a los cataclismos naturales y pervive en las ruinas. Por ello, los románticos, tan amantes de la naturaleza, fueron también los grandes enamorados y los grandes cantores de las ruinas; algo o mucho de ese espíritu romántico, que aflora en las épocas de crisis, está presente aquí, aunque apunte igualmente a una advertencia dirigida a la humanidad actual sobre cómo gestionamos nuestra madre tierra; también podemos percibir una carga simbólica, –que siempre se relaciona con los sueños de agua–, de cómo dirigimos nuestras emociones.
Los cataclismos que él pinta no se producen sólo en el ambiente, se gestan también en nuestro interior, desmoronan nuestros muros de contención contra lo negativo que albergamos y destruyen en pocos segundos lo que tanto tiempo llevó construir: un orden con-vivencial, una armonía del alma, una mente constructiva. Genovés actúa así, con sus composiciones, como un auténtico fenomenólogo del espíritu y nos advierte del peligro de dejar sueltas esas “aguas” que ya fueron la causa de la destrucción de tantas civilizaciones maravillosas.
Sus polifonías “cantan”, en patéticos acordes de una hermosa sinestesia acústico-visual, el desastre inevitable que inunda bibliotecas, arrasa museos y palacios, invade pinacotecas, desmorona estatuas, acumula escombros y convierte en canales acuáticos los pasillos de lujosos edificios; parece que apunta a un mañana que destruirá nuestra civilización, una era a la que él ya le pone nombre: el Antropoceno.
Pero quizá no haya que esperar a las aguas del futuro para verlo,  pues algo de todo eso está sucediendo hoy por mano del hombre, manipulado por el lado más negativo de sus emociones: Siria y Bagdad son algunos ejemplos. Lo que él nos ofrece así  ( son sus propias palabras) es “... un viaje imaginario, un sueño lúcido, un paseo por sus más escondidas sensaciones e incertidumbres que quizá sean las de todos...” O, en otros términos, el apocalipsis de las aguas indómitas está dentro de todos. Existen, cierto, las risas y los gozos del agua, pero –como apunta Gaston Bachelard, en “El agua y los sueños”– la proyección de estados psicológicos “es mucho más grande en la cólera que en el amor”.