• Miércoles, 22 de Noviembre de 2017

Mississipi History, en el MAC

La muestra Mississipi History de Maude Schuyler (Greenwood, Misisipi, 1953)

La muestra Mississipi History de Maude Schuyler (Greenwood, Misisipi, 1953), en el Museo de Arte Contemporáneo (MAC) nos devuelve el rostro del profundo Sur, a través de una serie de retratos realizados a lo largo de treinta años. Son fotos analógicas que ella hace con la cámara Rolleiflex, que le regaló su primo fotógrafo William Eggleston, en los años setenta, y con el que recorrió su tierra natal aprendiendo a mirar a las gentes y las cosas sencillas del día a día.
Acostumbrados como estamos a la épica dramática que el cine y la literatura nos han mostrado de la segregación racial, del esclavismo, del Ku Klux Klan y de la Guerra de Secesión, estas fotos nos parecen demasiado pacíficas, demasiado normales. Tienen algo o mucho del álbum de retratos de familia que todos coleccionamos; pero eso es precisamente lo que M. Schuyler quiere hacer: dejar memoria del instante que pasa, de las personas que la rodean de las raíces que la han alimentado.
Así, su mundo se embellece de nostalgias, doradas por la luz del atardecer, la hora que parece preferir, pues es justo en el declinar del día cuando el tiempo parece alargarse indefinidamente. Lo dijo maravillosamente Juan Ramón Jiménez, en Platero y yo: “La tarde se prolonga más allá de sí misma y la hora, contagiada de eternidad, es infinita, pacífica, insondable”.
Pacífica, insondable, amorosa es la luz con la que ella enfoca a sus protagonistas ofreciéndonos, por un lado, la familiaridad de lo próximo, de lo cercano y, por otro, lo inabarcable, lo indecible, lo que queda más allá: un horizonte, una fronda, una ventana borrosa, las sombras de un bosque, un sendero que se aleja, un trozo de cielo o unas figuras que se desdibujan en el fondo. Metáfora de esa doble visión: de ese afán por aprehenderlo todo y a la vez de la imposibilidad física de conseguirlo, es su propio autorretrato en el que se presenta a sí misma, cámara en mano y con el rostro y la mirada elevados hacia algún punto de lejanía, encajonada en un vestíbulo de cristales y de espejos que figuran un enrejado aislador.
Es como si dijera: aquí estoy, encerrada en mi misma, ensimismada en mi cámara de espejos multiplicadores o de sueños que nunca podré completar. Entretanto deja testimonios de una dulce ternura: la negrita que se abraza a la columna de su porche, sus hijos desnudos en el baño, la niña que hace pompas de jabón, el hombre que sostiene emocionado el retrato de su madre, el anciano negro arrodillado junto al tronco de un añoso árbol con un plato de comida en las manos o el otro que posa descalzo junto a un pequeño zorro en su humilde porche de madera.
Hay una foto muy especial: la del pintor Bill Abel que, paleta en mano, posa junto a su caballete en medio de una luz que recuerda poderosamente a Van Gog. Cada foto cuenta una historia con nombre y apellidos y el conjunto habla de la convivencia entre blancos y negros dejando entrever, eso sí, sobre todo por la vestimenta, ciertas diferencias de clase. Y es que ella no quiere enmascarar la realidad sino ofrecerla con profundo respeto, tal como es.