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DANIEL CANOGAR

Ánxeles Penas |
Redacción | Actualizado 20 Enero 2013 - 01:12 h.
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Daniel Canogar, hijo de Rafael Canogar, (Madrid 1964), define su trabajo como el de un arqueólogo que rescata restos de nuestra civilización tecnológica, tan rápidamente obsoletos, para convertirlos en fluencias de tiempo y de luz. Eso es al menos lo que siente el espectador ante Quadratura, la muestra que ofrece en el Museo de Fenosa, cuando penetra en el ámbito donde ocurren sus montajes –que podrían definirse como op-art cinético–, que las reverberaciones indetenibles de los filamentos y cintas luminosas suceden en el espacio-tiempo; que por allí corren hacia siempre y hacia nunca los chispazos de color, las imágenes, las palabras, los vuelos, los abecedarios, los restos de proyecciones, los transeúntes invisibles… y que todo ello es como una metáfora en pequeño de la inmensidad de la energía y de la materia oscura en la que flotamos.

Estamos de pronto sumergidos en un ritmo loco e inaprensible, en un campo de rayos flechados, en circuitos repetitivos e interminables, entre cruces de luminarias y lluvias de Perseidas, Y todo ello sucede, claro, gracias a contar con la negra pantalla de la sala a oscuras, con la sombra envolvente, con la cueva platónica; sólo así, la luz puede escribirse y ser vista; de ahí las continuas referencias que D. Canogar hace al barroco, al tenebrismo, a los artistas que supieron que sólo es posible pintar la realidad por medio de contrastes y claroscuros y que todo, aún lo que parece más quieto, está en movimiento, lo que el pintor barroco buscaba explicar con escorzos y posturas difíciles; para ello, Canogar usa las ondas, las lianas, los enredamientos de cables, los giros, los circuitos, el constante ir y venir de las películas proyectadas sobre los mismos filmes y cintas que los sostuvieron.

El efecto se multiplica ad infinitum y la luz reflejada lo enseñorea todo con sus polícromos devaneos y, acompañando a la luz, los ecos, las músicas, el sonido de las voces irreconocibles, con su melancolía de lo ido. He ahí los excedentes –parece querer decirnos– de nuestra loca obsolescencia, pero he ahí también la desmesura barroca, la parábola de un universo igualmente desmesurado e inmedible, donde miles de millones de astros y de galaxias enormes se mueven a la velocidad de la luz y hay tanto vacío entre ellos que no logran llenar las zonas de sombra. Piadosamente cobijados, como los santos en hornacinas adoratorias, unos pequeños filamentos de coloreada luz son un homenaje al asombro, al misterio de existir, por obra y gracia de la misma luz.