La celebração de José Rodrigues y Raquel Rocha

Venida directamente del museo do Vinho de Oporto, la galería Arte Imagen

Venida directamente del museo do Vinho de Oporto, la galería Arte Imagen ofrece la muestra “Celebração. O meu mestre e eu”, un conjunto de dibujos hechos al alimón por Raquel Rocha (Porto, 1976) y José Rodrigues (Luanda, Porto, 1936), considerado uno de los más reconocidos escultores portugueses, que cuenta en su haber con importantes premios y numerosa obra pública, entre la que figura el “Monumento al 25 de Abril” y la escultura “Orfeu”, dedicada en Afife al gran poeta Pedro Homem de Mello.
En esta su mutua colaboración se han dado cita el erotismo pan-genésico de Raquel Rocha, que ella ha convertido en singular escritura, con los desnudos de su maestro, uniéndose, en ambos casos, la espontaneidad de un grafismo a vuela pluma y la gracia y soltura aérea de la línea, que en ella es de una finura y levedad de hilo y en él es de trazo más rotundo, más carnal.
Es precisamente en la impronta del gesto lineal donde reside toda la resonancia plástica de estas caligrafías que vuelan y se contorsionan imparables en el blanco vacío, a la búsqueda del encuentro con el otro o a la búsqueda, quizá, de la fusión cósmica.
Son líneas como ríos y rutas, más metáforas de cuerpos que cuerpos auténticos, pues no hay ninguno entero, sino fragmentos y dislocaciones anatómicas, con piernas abiertas que recuerdan valles y muslos que recuerdan montañas y a los que incluso, a veces, les nacen arbolitos; así que lo fálico y lo vaginal más bien se insinúa o es sólo un modo de aducir a la atracción universal que mueve toda la creación y que tiene por fondo telúrico a la tierra.
Se establece entre ambos un contrapunto continuo, donde R. Rocha fluye en ondas y meandros disparados, dejando inmensos espacios abiertos, y Rodrigues acota territorios más antropomorfos; pero en ambos casos se deja sentir esa pasión vital que los anima, que asoma en disparados tropismos a las manos que dibujan y que es celebración de amor a todo lo que existe; pues, como dice el propio J. Rodrigues “amar a vida é fonte de mais e melhor vida...”
¿Cómo captar ese eterno flujo de la existencia, esa eterna tensión hacia el otro, sino así, con esas volátiles formas, apenas perfiladas y ya disparadas hacia siempre sobre la blancura nívea del papel? A veces, para que recuerden que también son de tierra y de agua, les caen gotas, como las de la lluvia en los campos, que dejan una sutil mancha, un cerco de café o de vino de Oporto, sobre los senos, sobre el sexo que, de pronto, se transmutan en puntos de emergencia que recuerdan huecos trazados de la tierra húmeda con brotes.
Vino y café son dos de los tantos tonos de la madre tierra, pero. además, el cálido vino de Oporto es el producto más dionisíaco de las fértiles viñas portuguesas y, por lo tanto, convierte estas manchas en un sello, una puntualización de origen. Más allá de ese origen, de esa tierra, lo que están son las inmensidades cósmicas, el espacio celeste y, para ir a él, hacen falta las alas de ángel que J. Rodrigues le pone a veces a los cuerpos de mujer.