• Sábado, 16 de Diciembre de 2017

“Automatismos voluntarios” de Lucía López

La galería Arte Imagen ofrece la muestra

La galería Arte Imagen ofrece la muestra “Automatismos voluntarios” de Lucía López (A Coruña, 1972), que se crió entre artistas ( su padre fue Antonio López, escultor y profesor de la antigua Escuela de Artes y Oficios, hoy “Pablo Picasso”) y que navegó por los territorios de la arqueología, de la Historia del Arte, del Derecho.., para recalar en el territorio de la pintura; un huerto que hoy ha florecido de explosivas y expansivas formas ambiguas que muestran un cruce entre lo geológico, lo antropomorfo, lo vegetal y lo animal; son criaturas de su magín, que le salen en ritmos abiertos y especialmente circulares, con una cierta geometrización no ortodoxa.
Se trata de pinturas y relieves, amén de esculturas, cuyo título de “Automatismos voluntarios” es un oxímoron porque contradice a la lógica; se trata de automatismos controlados o reglados por una suerte de rítmica del gesto, que se articula en arabescos que traen evocaciones de antiguas culturas; esto es más visible en aquellas piezas que aparecen como encajonadas en el marco de la cuadrícula. Alguien calificó su arte de constructivismo lírico y hay cierto afán constructivo, pero sobre todo por repetición de formas orgánicas sometidas a una libre especie de geometría.
No obstante, ella se considera cercana al Art Brut de Dubuffet, por lo que tiene de espontáneo y de gestual; pero la pintura de Dubuffet era más irreflexiva y tenía más carga matérica, era, más “bruta”, en suma. Lucía López muestra una constancia rítmica, un afán constructivo que no estaba en Dubuffet, aunque, es posible que su obra anterior, más expresionista, sí se acercase al pintor francés. A nosotros, nos parece que hay en su quehacer recuerdos del sentido ornamental de nuestras artes populares, y quizá hay también ecos de la propensión a las formas redondas y a los ritmos giratorios de nuestras antepasados remotos, como revelan laberintos como el de Gomor, también la tendencia a lo emblemático, a lo simbólico.
Y algo o mucho de eso hay en estas obras, como “Tondo”, que es una espiral dentro de un círculo o como “Esto es solo el comienzo”, que parece un mapa de petroglifos. Cierto que las sugerencias de las más dispares figuraciones están presentes y que podemos ver un “Cachivache biomórfico” como extraños idolillos o agrupaciones caóticas de individuos con reminiscencias humanas. Lo importantes es que Lucía López logra hacerse con un lenguaje, en cuya composición entran planos irregulares d perfilados por gruesas líneas de contorno y que, por medio de estos elementos estructurales, articula un universo propio, un universo de “seres” que buscan espacio o que –como ella dice– “quieren salirse de los lienzos”.