• Miércoles, 22 de Noviembre de 2017

Alexandra Fernández, en Monty4

Con el título de “Frecuencias”, la artista coruñesa Alexandra Fernández

Con el título de “Frecuencias”, la artista coruñesa Alexandra Fernández ofrece en Monty 4 una muestra de su quehacer plástico que se puede encuadrar dentro del op art o arte cinético, una corriente que surgió, en el siglo pasado, al amparo del suprematismo, del constructivismo y de la Bauhaus, pero que encuentra en ella una nueva frescura, una gracia nueva.
Alexandra tiene una ya larga e importante trayectoria en publicidad, en cine y televisión y como ayudante de Director Artístico en películas como La piel que habito o La mala educación de Almodóvar; pero, en lo referente a su pintura, su formación de arquitecto es fundamental, pues le ha proporcionado un sentido del espacio, de las proporciones y del ritmo compositivo que convierten cada uno de sus cuadros en un dechado de armonías geométricas.
El procedimiento que utiliza es, aparentemente muy sencillo, pero, en realidad, tiene una enorme complejidad. Trabaja, casi exclusivamente, con collage de tiras de papel de pared, cuidadosamente recortadas y ensambladas al modo de líneas verticales que va combinando, con también exquisita modulación del color, al tiempo que crea espacios de bandas rectangulares, de cuadrados, de círculos y de óvalos que se van interaccionando en secuencias superpuestas, cuyo efecto óptico es la movilidad; se vale también de delicadas tiras de madera, que cierran espacios o crean relieves
Así, por obra y gracia de la modulación perfecta, del corte exacto, del color exacto, la estática y racional geometría se convierte en un vivero de sensaciones, de luminosidades, de rayos y rayados que viajan en el aire o de místicos enrejados que, –al modo de los que se utilizan en ventanas para modular la luz–, velan interiores y cuartos escondidos.
Todo es poesía visual en esta obra, sugerencia de mundos que nacen de la misma composición, que sólo están ahí, en el cuadro, pero que, a la vez, pueden traer evocaciones de paisajes, sueños de aves migratorias, esplendores de astros, ondas marinas y nubes viajeras. El rigor al que somete su trabajo no sólo no excluye la emoción, sino que es la fuente, como ocurre con la música, de la que nace; pues contemplar esta obra es enormemente placentero, gozoso y se percibe claramente que detrás hay una artista, un ser lleno de sentido de la belleza y de refinada sensibilidad.
No sabemos si Pitágoras, que había sacralizado la geometría, puede estar detrás, pero sí queremos recordar que otro coruñés, José María de Labra, que llevó a su más elevada expresión las armonías logarítmicas, hacia rezar a la puerta de su estudio, en paráfrasis personal, la máxima pitagórica:” No pase quien pase de geometría”. Con A. Fernández descubrimos de nuevo, esa pasión, ese deleite, esa alegría que nos permite constatar que el ser humano no es sólo creador de catástrofes y de dolor, sino también de maravillas. Y, entre estas maravillas ( sólo hace falta recordar a las catedrales góticas) está la geometría.