• Jueves, 23 de Noviembre de 2017

A mí la miel, y no les digo la de la Alcarria, me gusta una barbaridad

A mí la miel, y no les digo la de la Alcarria, me gusta una barbaridad. Pero de niño, en un descuido de mi madre, me comí casi un tarro entero y me puse a morir, con unos ardores equivalentes al peor fuego del infierno hirviendo en mi barriga. El buen comer y las artes culinarias me han parecido siempre cosa de mucha sustancia y provecho, pero la eclosión continua, masiva y vocinglera de enjambres de programas, cocineros, chef y aspirantes de toda edad, condición y gobierno por todo espacio y lugar, pregonado por todo medio televisado, radiado o escrito y elevado a la categoría de divina categoría artística al mismo nivel que la capilla Sixtina o de don Miguel de Cervantes está empezando a provocarme los mismos efectos que aquel empacho de miel.
El filón es bien conocido desde hace mucho, pero es ahora cuando se está produciendo una sobreexplotación que no sé yo como va a acabar. Porque hagan ustedes la prueba y pongan el canal que les venga en gana y en el tramo horario que les apetezca y si no hay unos cocinando o concursando o discurseando de cocina muy mal se les tiene que dar. Están de moda total, a dar share solo les gana el balón y no hay programa que se precie y aunque no sea en si del monotema que no meta plato, receta y especialidad.
Y sé que me va a caer la manta del macho en las costillas por atreverme a apuntar que empiezo a estar empachado de tanto ver hacer de comer, vamos que ¿qué quieren que les diga? Pero es que ya me salen la comida y la cocina por las orejas. Y tengo la impresión que en cualquier momento voy a empezar a ver deslizarse salsas y churretes por la pantalla del televisor.
Habrá que confiar en que la moda se pase y la cosa vuelva a su cauce natural y al interés, que siempre será mucho, que por lógica siempre ha despertado y ha de despertar. Pero miedo me da que en esto acabemos como con ese programa, el Gran Hermano, en cualquiera de sus formatos, que ya deben ir por no sé qué edición que me suena que yo hasta era joven por entonces y que debo ser uno de los tres o cuatro españoles que no lo ha visto jamás, más allá de unos minutos que me sirvieron de vacuna total cuando empezaron con ello el siglo pasado, y no conozco siquiera a uno de los especímenes que los ha transitado y según dicen se han hecho famosos.
Pero lo cierto es que, he de confesar, tampoco conozco a casi nadie de los que salen en otros programas de similar jaez ni siquiera a los dedicados a comentarlos que supuestamente también son famosos por ello. Que en esto reconozco que lo de los cocineros es muy diferente y donde va a parar. Más allá de que el abuso comience a hartar, lo suyo es oficio, beneficio y, por supuesto, cultura gastronómica elitista o popular, que más da, pero con substancia y utilidad.
Vamos que reconozco el mérito pero que no me empieza caber ya ni una cucharada más.