• Jueves, 23 de Noviembre de 2017

Rufián y el “día del Caudillo”

Hace falta ser necio para reconocerse de izquierdas en la aversión a Franco, muerto hace cuarenta y dos años.

Hace falta ser necio para reconocerse de izquierdas en la aversión a Franco, muerto hace cuarenta y dos años. Quien me inspira es el portavoz adjunto de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián, izquierdista donde los haya. Cráneo privilegiado. Ha dicho que la muerte verdadera de Franco y el franquismo se va a producir en las urnas del 1 de octubre. Si la ignorancia no fuera tan atrevida, Rufián sabría que el 1 de octubre se celebraba el “Día del Caudillo” durante las cuatro décadas de la lamentable dictadura, evocando el día de 1936, cuando en Burgos el general Franco asumió todos los poderes. En principio, para ganar la guerra civil, pero el infausto reinado duró hasta su muerte en noviembre de 1975. Y mire usted por donde el tal Rufián quiere matarlo-resucitarlo en otro uno de octubre por cuenta de una pulsión identitaria históricamente incompatible con el ideario de la izquierda.
Es claro que Rufián no se refiere al 1 de octubre franquista sino al 1 de octubre de pretensiones separatistas. Ocurrió el día en que el Parlament quedó a la altura del betún y, confirmando los temores expresados por Tarradellas después de la muerte de Franco hizo un ridículo universal apadrinado por Puigdemont y sus costaleros de ERC y la CUP. Cuando este correoso diputado, izquierdista y republicano donde los haya, se refiere al referéndum del 1 de octubre, alguien debería explicarle que la República encarceló a mil personas tras la proclamación independentista del 6 de octubre de 1934. Por eso digo también que hace falta ser imbécil para reconocerse izquierdista y republicano en el actual desafío a un Estado legítimo y democrático en nombre de una pulsión tribalista. 
Nos dice el filosofo Manuel Cruz que el problema de las personas de izquierda en Cataluña es que no dan la cara en defensa de la ley y la democracia por no correr el riesgo de ser asimilados al PP. Prefiero creer que es por no correr el riesgo de pasar por malos catalanes. Si solo fuera por desmarcarse del PP, es que la izquierda habría desertado de la razón, pues la defensa de la ley, la democracia y el estado de Derecho se antepone en sí misma al alineamiento o desalineamiento con tal o cual partido. Ya es aberrante que una mente de izquierdas renuncie a defender la democracia por si lo confunden con el PP. Pero más aberrante aún es que una mente de izquierdas, de siempre internacionalista y defensora de los más desfavorecidos, se sume a la causa tribal del nacionalismo catalán.