
Nunca un atasco se había llevado con tan buen talante en la ciudad de A Coruña. Por lo menos, para aquellos conductores que sabían que los cortes de tráfico en la avenida de Hércules y la calle de la Torre eran debidos a una de las tradiciones más arraigadas de las fiestas del Carnaval y no a las obras. Como un reloj, los choqueiros se plantaban a las puertas del bar Pardillo, en la calle del Arenal, para escuchar el responso en memoria del pescado más “festeiro” de todos. Poco antes de las nueve, la comitiva fúnebre de la Sardina iniciaba su paso para recoger a otro de los protagonistas de la jornada. En la plaza de España, aguardaba el dios Momo con una sonrisa impertérrita, pese a conocer de sobra su irremediable final.
Plañideras, curas, obispos y demás personajes vestidos para la ocasión volvían sobre sus pasos en la calle de la Torre y se dirigían a San Amaro, donde la Sardina se entregó a su tumba acuática. Mientras, el dios Momo caía pasto de las llamas sosteniendo la Torre de Hércules entre sus manos.
Los centenares de asistentes, que prefirieron el abrigo al disfraz, pudieron disfrutar de la parodia del cortejo fúnebre y los fuegos artificiales que pusieron punto y final a un Carnaval que ha puesto su ojo más satírico en la crisis.