Mendoza reivindica la excelencia del género del humor en la literatura

El escritor Eduardo Mendoza reivindicó ayer, tras recibir el premio Cervantes 2016 de manos del rey, la excelencia del humor en la literatura, que practica en sus escritos “con reincidencia”, y negó que se trate de un género menor, como a menudo se considera.

Mendoza reivindica la excelencia del género del humor en la literatura
Los reyes aplauden a Eduardo Mendoza después de hacerle entrega del premio Cervantes | juan carlos hidalgo (efe)
Los reyes aplauden a Eduardo Mendoza después de hacerle entrega del premio Cervantes | juan carlos hidalgo (efe)

El escritor Eduardo Mendoza reivindicó ayer, tras recibir el premio Cervantes 2016 de manos del rey, la excelencia del humor en la literatura, que practica en sus escritos “con reincidencia”, y negó que se trate de un género menor, como a menudo se considera.

En su discurso durante la ceremonia que presiden los reyes en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, Mendoza se declaró un fiel lector de Cervantes y asiduo del Quijote, a cuyas páginas, confesó, acude con mucha frecuencia, aunque centró su intervención en cuatro relecturas que hizo a lo largo de su vida.

“Vivimos tiempos confusos e inciertos”, indicó Mendoza, y no en lo que se refiere a la política y a la economía donde siempre son así “porque somos una especia atolondrada y agresiva, y quizá mala” sino en lo que atañe al cambio radical que afecta al conocimiento de la cultura y a las relaciones humanas, señaló. No obstante, consideró que este cambio “no tiene por qué ser nocivo, ni brusco ni traumático”.

Pinceladas cómicas
Durante su discurso fue desgranando, con muchas pinceladas de humor, lo que las sucesivas lecturas del Quijote le aportaron a lo largo de su vida, desde la primera obligada en el colegio, donde “casi” contra su voluntad se “rindió a su encanto”, hasta la última, que emprendió de nuevo de “un tirón” al saberse ganador del premio que ayer recibió.

De su primer contacto con Cervantes, en unos años en los que la figura de don Quijote “había sido secuestrada por la retórica oficial para convertirla en el arquetipo de nuestra raza y el adalid de un imperio de fanfarria y cartón piedra”, recordó Mendoza, la lectura del Quijote “fue un bálsamo”.

Fascinado por el lenguaje y con una vocación temprana de escritor, Eduardo Mendoza aprendió de Cervantes “que se podía decir cualquier cosa” y que era posible hacerlo con claridad, sencillez, musicalidad y elegancia.

La segunda ocasión fue cuando era bachiller, cuando era “ignorante, inexperto y pretencioso” y le atraían los héroes trágicos, esos que se equivocan: “Y a eso a don Quijote, como a mí, no nos ganaba nadie”.

En la siguiente ocasión, ya en la madurez, había publicado algunos libros bien acogidos por la crítica y el público, relató Mendoza, que recordó a su editor y amigo Pere Gimferrer, y a la fallecida agente literaria Carmen Balcells, “cuya ausencia empaña la alegría de este acto”. En esa tercera lectura descubrió un humor que no está tanto en las situaciones ni en los diálogos, como en la mirada del autor sobre el mundo.
“Un humor que camina en paralelo al relato y que reclama la complicidad entre el autor y el lector”, una relación que constituirá la novela moderna.

Tras asegurar que hay una cosa en la que él lleva ventaja a don Quijote (“yo soy de verdad y él es un personaje de ficción”), el autor explicó lo que es la función de la ficción: “no dar noticia de unos hechos, sino dar vida a lo que, de otro modo, acabaría convertido en mero dato, en prototipo y en estadística”.

Y por eso, ha agregado, la novela cuenta las cosas de un modo ameno aunque no necesariamente fácil, para que las personas, a lo largo del tiempo, la consuman y la recuerden sin pensar.