Reportaje: El balcón que nació para mirar al Atlántico y creció hasta abrazar la ciudad

El que por aquel entonces era alcalde coruñés, Francisco Vázquez, aseguraba entre vítores de los vecinos que la jornada quedaría en la historia de la ciudad como una de las transformaciones más relevantes.

Reportaje: El balcón que nació para mirar al Atlántico y creció hasta abrazar la ciudad
Desde el castillo de San Antón al Millennium pasando por la Torre, cada coruñés tiene su tramo favorito y hay algunos que los recorren todos en un paseo de más de trece kilómetros con el que muchos cumplen con creces sus aspiraciones deportivas.
Desde el castillo de San Antón al Millennium pasando por la Torre, cada coruñés tiene su tramo favorito y hay algunos que los recorren todos en un paseo de más de trece kilómetros con el que muchos cumplen con creces sus aspiraciones deportivas.

El que por aquel entonces era alcalde coruñés, Francisco Vázquez, aseguraba entre vítores de los vecinos que la jornada quedaría en la historia de la ciudad como una de las transformaciones más relevantes. Ese 14 de julio de 1992 se inauguraba el Paseo Marítimo y A Coruña se abría al mar. El balcón al que todos quisieron asomarse desde el momento en que fue posible enmarcaba las playas de Riazor y el Orzán y anunciaba un plan más ambicioso. Veinticinco años después, el Paseo rodea toda la península coruñesa y sus más de trece kilómetros le hacen merecedor del título de más largo del mundo. 
Ya desde su puesta de largo, el tramo –que apenas ocupaba un kilómetro y medio– levantó pasiones en una ciudad que parece llevar en su ADN el gusto por airearse  y, de ser el caso, lucirse.
La multitud que se lanzó a pisar por primera vez las losas que pronto se convertirían en zona de entretenimiento por excelencia apenas dejaban a las autoridades  completar el recorrido inaugural. La comitiva estaba encabezada por el regidor y el ministro de Obras Públicas, Josep Borrell, como representante de la institución que había cofinanciado la obra. 
El mandatario se fue con la satisfacción del trabajo bien hecho –declaró que era una inversión “rentable económicamente”, aludiendo al interés de una empresa hotelera que planeaba construir en el entorno– y admirado con la nueva estampa de aquella fachada marítima. “Una gran ciudad como La Coruña tiene que mentalizarse de lo que significa una transformación como esta, con la que se ha conseguido rehabilitar una playa espectacular que nada tiene que envidiar a la de Copacabana de Río de Janeiro”, sentenciaba. En este clima de celebración, la guinda era el compromiso del ministerio de continuar con la infraestructura hasta que circunvalase toda la península de A Coruña.
Hicieron falta casi veinte años para que el sueño de Francisco Vázquez viese la luz en (casi) todo su esplendor. En octubre de 2011 se abría el tramo de O Portiño, que completaba el abrazo del Paseo Marítimo a la bahía herculina. Uno de los proyectos que cambió la imagen de la ciudad y la forma de los vecinos de disfrutarla era la despedida socialista antes de que la Alcaldía cambiase de color político.
El camino no había sido fácil. A las habituales complicaciones de cualquier obra de gran envergadura se unieron problemas una vez terminados los trabajos que obligaron a deshacer lo inaugurado.  Fue el caso de la iluminación en el tramo inicial del Paseo. El diseño en globos –modelo Coruña, especialmente diseñado para la ciudad– resultaba insuficiente para ver la calzada. Se sucedieron entonces los accidentes de tráfico, uno de ellos mortal, y la decisión de cambiar las luminarias. También las farolas rojas características del recorrido costero coruñés tienen su historia: cada una única gracias a los esmaltes de la artista Julia Ares, a punto estuvieron de estar pintadas de azul. Fue una prueba de color frente al edificio Mediodía, en As Lagoas, la que resolvió el dilema. Ganó el rojo, aunque Vázquez, culé reconocido, bromeó con la idea de alternar una farola con cada color y crear una serpentina azulgrana.
En una infraestructura pensada para marcar el carácter de la ciudad, la balaustrada estaba igualmente diseñada como elemento diferenciador. Con arcos que imitaban las olas del mar que bañaba la urbe. Ese mismo mar, embravecido, fue el responsable de la sustitución de las partes más batidas. Y es que la balaustrada no resistía los temporales.
En veinticinco años de historia hay también proyectos vinculados al Paseo Marítimo que no resistieron el tiempo o el traslado del papel a la realidad. El ascensor del monte de San Pedro, concebido –también con un diseño exclusivo– como el enlace entre el recorrido costero y el mirador natural de la ciudad, nunca llegó a funcionar como se esperaba hasta que este mismo año se anunció su cierre definitivo. 
Hace años el que se despidió fue el tranvía y el plan de creación de un metro ligero que nunca llegó a ver la luz. El tranvía se creó para discurrir por el trazado del Paseo y servir de impulso a un metro ligero que finalmente no tuvo cabida
Con un cuarto de siglo a sus espaldas, el Paseo Marítimo aún está en edad de crecer. Queda pendiente el tramo del puerto, que enlace A Coruña con el puente de A Pasaxe. El futuro de los muelles interiores estará ligado así al del camino litoral, que todavía tiene (al menos) un capítulo por escribir. l